IVONNE DIAZ RODRIGUEZ, PHD
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Crisis y economías compasivas...

10/8/2017

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Según la racionalidad económica, no podemos producir con recursos que no tenemos o no podemos gastar más de lo que tenemos, y existen restricciones presupuestarias y limitaciones en el uso de recursos.  Si nuestras decisiones fueran tomadas con ese objetivo en mente, al menos el crecimiento económico llegaría hasta el punto de proveer iguales costos y beneficios, los gobiernos controlarían sus finanzas y sus presupuestos responsablemente, o los niveles de producción, consumo y contaminación fueran controlados hasta su punto óptimo social.  

Sin embargo, alcanzar ese objetivo de racionalidad económica, no es tarea fácil.  Primero, las investigaciones recientes en áreas de la economía conductual, la neurociencia y la psicología, han demostrado que los individuos no siempre toman decisiones con la racionalidad económica en mente y que, en ese proceso, pueden intervenir muchos otros factores, como aspectos psicológicos, culturales o cognoscitivos, o la falta de información, entre otros; lo que, desde el punto de vista económico, llevaría al individuo a tomar decisiones "irracionales".  

Segundo, la racionalidad económica está enmarcada dentro de ciertas características como el mecanicismo, la separación o la individualidad, asociados con el  hemisferio izquierdo del cerebro; y pasa por alto otras racionalidades, como la racionalidad ambiental, por ejemplo, o factores como la intuición, las emociones o la creatividad, asociados con el hemisferio derecho del cerebro; factores que podrían coexistir en el proceso de toma de decisiones.  Sin duda, las características de ambos hemisferios cerebrales son necesarias para tomar decisiones balanceadas y sustentables; y el pintor Miguel Ángel lo dejó implícito en uno de sus famosos frescos en la Capilla Sixtina.  

Tercero, la racionalidad individual no siempre es consistente con la sustentabilidad. Si desde su propia racionalidad, el individuo busca maximizar su satisfacción o su utilidad personal, y los costos de sus decisiones son externalizados o transferidos a terceras personas, sus acciones comprometerían el bienestar de los demás.  Por lo tanto, la racionalidad económica, en sí misma, no siempre es consistente con el bienestar social.

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Las grandes crisis económicas, sociales y ambientales por las que atraviesa la humanidad evidencian esas fallas, no solo en los mercados, sino también en las decisiones individuales y gubernamentales.  En el caso de Puerto Rico,
 múltiples crisis le han sumergido hasta el fondo del abismo.  Una recesión económica que ha durado más de una década, una deuda de proporciones épicas o enormes desbarajustes fiscales con consecuencias desastrosas para el bienestar de la población.  El economista James Tobin ya lo había señalado en los 1970's; que los gastos e inversiones gubernamentales debían ser cubiertos con fondos recurrentes.  Pero sus advertencias fueron ignoradas y hoy la mayoría de la población sufre las consecuencias de decisiones que pasaron por alto los principios más básicos, no solo de la racionalidad económica, sino también de la sustentabilidad y la búsqueda del bienestar social.  En consecuencia, el destino de miles de puertorriqueños ahora está en manos de una junta que controla las decisiones fiscales del país y que impactarán, para bien o para mal, nuestro futuro.

Estrictas medidas de austeridad y disciplina fiscal, mezcladas con reducciones de gastos en múltiples sectores, ha sido la receta prescrita por la Junta.  Aunque, al parecer, su receta intenta ser consistente con la racionalidad económica, ¿es esta receta consistente con el bienestar? ¿Puede la población soportar esos choques de austeridad o racionalidad extrema?  ¿Qué impacto tendrán esos ajustes en la salud, la educación, el bienestar o la calidad de vida de la población?

La reducción en servicios necesarios, como la salud o la educación deteriorarán aún más el bienestar, el  desarrollo y la calidad de vida, factores que desafortunadamente no son contemplados en los planes de ajuste fiscal.  Estos ajustes no solo son dolorosos económicamente, sino que desencadenarán una serie de problemas sociales, mentales y emocionales, que podrían reducir las posibilidades futuras de recuperación.  

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Desafortunadamente, las medidas propuestas son inevitables.  ¿Será posible entonces desarrollar estrategias decisionales que amortigüen el impacto social de esos choques?  ¿Será posible desarrollar programas para fomentar la resiliencia individual y social, ante el embate de estos ajustes? ¿Será posible desarrollar programas que preparen a la gente para tomar decisiones que aporten al bienestar, a la sustentabilidad, al buen vivir y al florecimiento de las sociedades futuras? ¿Será posible desarrollar una economía compasiva, donde se promueva el bienestar, la armonía y el equilibrio?  

En ese sentido, científicos e investigadores de alrededor del mundo han comenzado a investigar el impacto del altruismo y la compasión en la toma de decisiones y en el desarrollo de las sociedades futuras.  Basados en hallazgos científicos, economistas, neurocientíficos, psicólogos y líderes espirituales se han unido para desarrollar nuevos modelos de economías compasivas; incluyendo científicos y académicos de la Universidad de Stanford, la Universidad de Wisconsin y líderes espirituales como el Dalai Lama.  En esa misma línea de trabajo, el neurocientífico Richard Davidson ha descubierto que cuando los individuos se involucran en comportamientos generosos y altruistas, activan circuitos en su cerebro que son claves para fomentar el bienestar.  
A partir de estos trabajos, se han desarrollado en diversas partes de los Estados Unidos y del mundo, nuevos programas y currículos académicos basados en la compasión y en la bondad, para niños en edades preescolares hasta estudiantes universitarios.  Asimismo, se han desarrollado programas para maestros, entidades gubernamentales y empresas privadas.

Según expresara el Dalai Lama en una de sus discusiones sobre el desarrollo de economías compasivas, "El amor, la bondad y la compasión son importantes para reducir la violencia y mejorar el bienestar de la humanidad en el Siglo XXI".   Por su parte, Davidson señala que "el bienestar es una destreza y no es fundamentalmente diferente de aprender a tocar el violonchelo".  Según él, el bienestar está compuesto de cuatro factores: la resiliencia o cuánto tiempo tardamos en recuperarnos cuando algo malo sucede; el panorama o la habilidad para saborear las experiencias positivas; la atención o la habilidad para mantenernos enfocados; y la generosidad.   ¡Y esas destrezas se pueden aprender!  

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    Autora

    Ivonne del C. Díaz
    Catedrática de Economía
    UPR-RUM


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